domingo, 1 de enero de 2012

DE LA NOCHEVIEJA AL AÑO NUEVO Y TIRO PORQUE ME TOCA

  Desde que dejé de sentirme atraido por ese arrebato lúdico de la Nochevieja siempre veo las primeras luces del nuevo año de otra manera, bueno, yo diría simplemente que ahora las veo porque lo habitual era no verlas o verlas entre tinieblas como mal menor. Y en un año como este, en el que los adictos a la futurología no hacen otra cosa que hablarnos del fin del mundo y otras serie de propuestas paranoides, he decidido coger el año por la punta no vaya a ser que por una vez, y sin que sirva de precedente, vayan a tener razón. La verdad es que las circunstancia juegan a su favor, al menos en España, donde la llegada al gobierno del PP está creando el clima de opinión necesario para predisponernos a aceptar la posibilidad de que el 2013 lo vivamos en otra galaxia. Por si sí, por si no, he decidido levantarme temprano y empezar a consumir horas del 2012 por si el saldo vital nos lo recortan en el Consejo de Ministros del mes de abril después de las elecciones andaluzas.
   Y me he levantado bien, sin dolor de estómago, con la cabeza como un "longines",que decía mi abuelo Pedro
 cuando le preguntabamos como se encontraba en medio de sus delirios cronológicos provocados por su avanzada edad y que en aquellos tiempos llamabamos "chohez" a falta de que las investigaciones médicas definieran el cuadro patológico y el nombre técnico de la enfermedad, y muchisimo antes de que un gobierno socialista pusiera en marcha los mecanismos para que estas personas dependientes de una función neuronal irregular pudieran ser atendidas con dignidad.
   Y digo que me he levantado bien y que esa circunstancia probablemente me situa hoy en una minoría de españoles que no vamos a necesitar acudir a la farmacia de guardia ni a los servicios médicos de urgencias. Porque estoy convencido sin necesidad de encuestas a pie de farmacia que hoy es el dia festivo del año que mas gente acude a estos establecimientos en busca de un remedio para los llamados "excesos de Fin de Año", una enfermedad crónica que como la gripe rebrota cada año por estos dias. Se dispara el consumo de antiacidos en cualquiera de sus modalidades, pastillas, sobres efervescentes, liquidos o jarabes, y que decir de los analgésicos de intensidad baja o moderada que se convierten en el Lazarillo de Tormes de la actividad neuronal de cientos de miles de ciudadanos y ciudadanas. Probablemente esta sea la mejor actitud vital para afrontar la que se avecina, el problema está en que mañana es dia dos y la vida no admite más excusas ni dilaciones a la hora de presentar nuestro proyecto vital para el año que ahora empieza y que en mi tierra tiene sabor a un Bicentenario que todos vendemos como el nuevo Shangrilá y que parece se va a convertir en la Meca a la que va a peregrinar medio mundo, y parece que el otro medio también, atraidos por la llamada irresistible del constitucionalismo.
   Pero estas primeras horas de la mañana son el escenario de imagenes menos trascendentales que el cielo que nos tiene prometido el Bicentenario. Me quedo con una de ellas que me produce sentimientos dispares entre la risa y la preocupación paternofilial. No es otra que la vuelta a casa a primeras, y no tan primeras, horas de la mañana, de los que en mi libro de familia aparecen bajo el epígrafe de hijos con su nombre y su fecha de nacimiento para que no se me olvide que son mayores de edad en evitación de bienvenidas agrias o reprimendas inútiles por la segura incapacidad de los receptores para asumir los contenidos. La vuelta a casa es como un final de etapa del París-Dakar, los coches van llegando de uno en uno y en ocasiones a considerable distancia temporal aunque en ese momento sus preocupaciones no estan en el puesto que pueden ocupar en la clasificación general del Rally sino en lo importante que es no abandonar la carrera y sobre todo en el reparador descanso que les aguarda en previsión de la nueva etapa que afrontaran una vez recuperadas las constantes vitales. Hay momentos enternecedores por la estética informal que presentan a esta horas y que nada tiene que ver con la refinada elegancia de la que hacian gala mientras tomaban la última de las doce uvas: ellos vuelven chaqueta al hombro, corbata desanudada,  como los playboys de los anuncios de colonias, todo ello con series dudas sobre cuál es la llave que abre la puerta y un caminar inestable por los efectos del paso del tiempo. Ella trae en sus manos los impresionantes tacones con los que durante horas ha desafiado la ley de la gravedad y calza unas comodas zapatillas fruto de experiencias de sufrimiento del pasado. Ahora comprendo algo que no entendía anoche, ¿porque gafas de sol para la Nochevieja? elementa, querido Watson...

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